
El Hombre Invisible, Salvador Dalí
Corría el año 2008 –tal vez mediados de noviembre- cuando el lúcido cerebro de alguno de mis parientes se iluminó. Se aproximaba el temido diciembre y, por unas cosas u otras, el ritual del Amigo Invisible había quedado olvidado en un rincón. Esta perspicaz mente de la que hablamos decidió que antes muerto que sin regalo de navidad. Así que, ni corto ni perezoso, propuso lo que denominaremos el Amigo Cegato.

Frank Gómez de la Serna: “Yo vivo en Vallecas y ni vivo, ni quiero vivir en Beverly Hills”
Aquí, la entrevista en su versión corta.
Cuando habla las palabras se visten con una voz grave, casi cavernosa, y sus manos, moviéndose al compás de la conversación, parecen pedir a gritos unas cuerdas que pulsar. No se puede negar que Frank es, de los pies a su cabeza de largo cabello –pasando por unos ceñidos pantalones de cuero- todo un guitarrista. Más concretamente empuña la guitarra acústica y rítmica del grupo vallecano Mägo de Oz. Y es precisamente en Vallecas donde está su ‘Casa de la guasa’, donde el aroma a incienso se mezcla con los Pink Floyd y el mundanal ruido madrileño.
El impacto llegó justo después de un grito ahogado. Lo escuchó, pero no pudo hacer nada por evitar la colisión. No importaba, esta vez había sido leve. Por suerte ella era parte de esos usuarios que llevaban tanto tiempo subidos al cercanías que se podían mantener en equilibrio ante los frenazos. Siempre y cuando adoptaran la típica postura del surfero, claro.
Sin embargo no podía evitar los tropiezos ajenos y, cuando la otra pasajera se precipitó contra ella soltando un pequeño grito, no pudo evitar mirarla con una leve sonrisa. Tensó el cuerpo para seguir manteniendo tanto su equilibrio como el ajeno y, de repente, mientras sus miradas se tocaban, dos manos se aferraron tontamente.
El tiempo se congeló una eternidad en la que todo fueron yemas rozándose y pupilas bañándose unas en otras. Hasta que las puertas se abrieron y tanto el reloj como la frenética ciudad echaron a andar de nuevo.
Las manos se asieron a sus prisas, los ojos quedaron fijos en la nada de la estación. Y, caminando por el andén, no pudo borrar su sonrisa mientras advertía que había compartido mucho más con aquella extraña y sus manos que con muchos compañeros de sábanas.
Si es que con estos días tan oscuros y tan grises hay veces que dan ganas de tener ganas de tener pareja para pasar un día de cama haciendo nada. O haciéndolo todo.
Sin embargo, para evitarse la problemática del asunto, una opción para estos días en los que parece que a las únicas a las que les apetece dar la cara es a las nubes, es meterse entre las sábanas acompañado de uno mismo y, como mucho, de un libro. Uno de mis últimos compañeros (más de tren que de cama) ha sido Tokio ya no nos quiere.
Lo dije sin pensar. Sin ser consciente de que las palabras se escapaban de mis labios para llegar a ella por fin.
- Te quiero.
- ¿Qué?
- Que te quiero. Y que daría mi vida por ti.
- ¿Cómo dices? Perdona, es que no te oigo con la música, ¿puedes hablar más alto?
- ¿Me pones un café con leche, por favor?
Es como tener el intermitente de un coche delante de los ojos, doctor. Pero con una luz débil, tenue. Tenue como una bombilla envuelta en una tela oscura. Tenue como ese sol que sólo se intuye después de un día lluvioso…
…y luego se apaga.
Hay gente que lo llama inspiración, doctor. Pero yo no me lo creo. La inspiración tiene que ser una luz fuerte, indeleble y cegadora. Pero la mía no. La mía es como tener el intermitente de un coche delante de los ojos, doctor. Pero con una luz débil, tenue…








